Galería

Cuando despertó, la vida ya no estaba allí

Fuente: blogs.cadenaser.com / Javier Gallego

Y llegó el día en el que el agua fue privatizada. El agua no es un derecho, debería tener valor de mercado y privatizarse”, había exclamado desafiante el presidente de Nestlé el día anterior. Aún recordaba la imagen del magnate, uno de los mayores productores de agua embotellada del mundo, sosteniendo con fuerza entre sus manos una de sus botellitas como quien agarra a un hombre del cuello y aprieta.

No lo había leído en una ficción, en ninguna distopía apocalíptica. Estaba sucediendo. Un poderoso multimillonario proclamaba abiertamente que el agua no es un derecho, que el líquido esencial para la vida no es un derecho. Por lo tanto, la vida no es un derecho. Había que privatizarla. Y el que pueda pagarse la vida, vivirá. Y el que no, no tendrá ni un agujero en el que caerse muerto. No habrá ni que enterrarle porque se deshará en un montoncito de ceniza de puro reseco.

El escritor pensó que jamás se hubiera atrevido a crear un personaje tan bestialmente insensible y prepotente, que jamás se le hubiera ocurrido una idea tan aberrante y aterradora. Al principio se la tomó a broma. Luego se empezó a asustar. Se dio cuenta de que ya le habían privatizado la Sanidad, de que los pobres inmigrantes habían sido dejados a su suerte, mejor dicho, a su muerte, de que los colegios se habían dividido entre colegios de ricos y colegios de todos los demás, los pobres.

Se dio cuenta de que sus libros, sus obras de teatro y también las películas, los discos, se habían encarecido tanto con impuestos que ya solo estaban al alcance de unos pocos que podían pagárselo. Se dio cuenta de que hacía tiempo que había dejado de escribir porque solo unos pocos podían permitírselo. Se dio cuenta de que la cultura ya no era un derecho. La sanidad ya no era un derecho. La educación no era un derecho. Y por tanto el agua dejaría de serlo algún día.

Se acostó con la cabeza abotargada por esos malos presagios como si una nube oscura cruzara sus pensamientos. Cuando despertó, abrió el grifo y el agua ya no estaba allí. Cuando despertó, sus libros tampoco estaban allí. No solo el agua había desaparecido, también las fuentes del espíritu se habían secado. Las habían secado. Miró por la ventana y no había nadie en la calle. Solo las ventanas estaban llenas de otros rostros resecos, como el suyo, que miraban al cielo con los ojos desencajados en busca de una nube.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s