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La importancia del cese y la dimisión en España

Fuente: cuartopoder
Julián Sauquillo

Jorge_Arzuaga

Jorge Arzuaga, el pasado día 1, cuando cumplió su vigésimo día de huelga de hambre. / captura de vídeo de Gina Villanueva (YouTube)

La iniciativa de huelga de hambre de Jorge Arzuaga en la Puerta del Sol me da que pensar. Pide la dimisión del Gobierno y la unión de todas las mareas en reivindicación de los derechos de educación y sanidad de los ciudadanos. No le falta razón, aunque pueda no tenerla toda. Tampoco pretende tal arrogancia. Sigamos el método Marguerite Duras para valorar a los políticos. Quite el tono de la televisión cuando algunos políticos famosísimos parlamenten o interpelen y saque alguna conclusión por el gestual: ¿Le decepciona lo visto en la Tribuna de “Oradores”? Ponga, a continuación, el gesto de este joven ingeniero de Bilbao en alguno de sus diversos videos. También, hágalo sin sonido. Quizás le agrade y convenza más. Ya sé que el método es muy limitado. Pero este recién licenciado patentiza, en su gestual sencillo, un defecto imperdonable en los profesionales de la política: la arrogancia y el envanecimiento. Póngale el volumen, ahora, a este joven al que rara vez escuchamos. No hace falta estar de acuerdo con todo lo que señala para ver que lleva, al menos, parte de razón. Pedir la dimisión de todo el Gobierno puede ser excesivo. Sobre todo porque pasar de la total falta de dimisiones –y ceses- a que nadie se ocupe del Gobierno, nos puede dejar alelados. Pero ¿por qué es importante que hubiera, algunas veces dimisiones o ceses, ante manifiestos errores políticos? Porque tales denegaciones son imprescindibles como mecanismo de credibilidad de la política. Así que Jorge Arzuaga cuenta con mi simpatía, al menos, por su desesperación ante la inexistencia de dimisiones. ¿Y cómo es así?

Cada vez se cuestiona más el diseño actual de la representación política. Una voz autorizada, como la de Ignacio Torreblanca, se ha referido al “desbordamiento del mecanismo representativo”. Pero la discusión se estanca. El debate redunda mucho o en el carácter imprescindible de la actuación política mediante representantes profesionales o en la innovación traída por las redes sociales. Unos subrayan que no está en crisis la representación política sino los representantes con sus trapacerías. Otros cuentan con la obsolescencia inmediata de un modelo que va a ser revolucionado radicalmente por las nuevas tecnologías. No salimos de ahí.

Quizás lo que esté en crisis, en mi opinión, sea la fundamentación de la representación política en la estricta confianza. En sus orígenes revolucionarios franceses, la confianza política, como capital depositado en los elegidos por los electores, tiene resabios muy contrapopulares. Los revolucionarios más moderados -girondinos- rompieron con los compromisos de los representantes con los representados. Se decían: quienes deciden no pueden estar consultando a los electores, la representación se proyecta hacia el futuro y no hacia el pasado. Fueron los más radicales -montañeses- quienes convinieron en la necesidad de mantener los comités populares tras las elecciones. Desde entonces, la confianza es un capital político que se atribuye a los elegidos tras el triunfo electoral. Así se hace con la certeza de que la agenda política requiere rapidez de decisión. Su complejidad sólo puede recaer sobre profesionales dedicados en pleno a la política. Es cierto. Pero la fractura entre Gobierno y sociedad civil es ya pasmosa. Cada vez más, la confianza se convierte en botín postelectoral: es un ungüento contra la crítica y la autocrítica, un portazo al debate y un podio para el triunfador.

Hobbes y Weber reflexionaron sobre las necesarias cualidades personales del político. La política requiere crédito en los actores, los representantes. Que convenzan depende de la autoridad (honorabilidad, dedicación, vocación pública, preparación, imaginación, comunicación,…). No se incurre en autoritarismo al invocar la autoridad como base de la representación. Aconsejo leer a Giuseppe Duso. La forma más eficaz de conseguir autoridad es adquirirla en elecciones democráticas. Olvidemos a Eric Voegelin que invoca la autoridad como acatamiento a las órdenes del gobernante aunque no haya ganado elecciones para constituirse. Hay una autoridad democrática que se gana en las elecciones y se sostiene en la honestidad. Para mantenerla hay que ser políticamente responsable. Así se consigue el acatamiento ciudadano a las decisiones públicas. Se trata de una responsabilidad más exigente que la responsabilidad jurídica. Es la responsabilidad de quien, consciente de la fundamental tarea que asume tras ganar elecciones, si no puede conseguir los fines que se proponía, llega a decir: “Me equivoqué”, “No puedo más y aquí lo dejo”.

La política es ejercicio del poder pero no sólo es tal cosa. Si las equivocaciones se acumulan y la insatisfacción abunda, la confianza tan cantada no puede ser una trinchera a la inamovilidad. No cabe cerrar la discusión paternalistamente con un: “he ganado unas elecciones y no me voy a marchar”. Conviene que haya autocríticas, desaprobaciones en las propias filas, convencimiento en las actuaciones por meridianas, algún debate y alguna retractación. No basta con invocar como una letanía: “respetamos la decisión de los jueces, está sub iudice, y no vamos a hacer declaraciones” (sobre este espinoso tema). Convendría que los representantes hicieran un análisis riguroso de sus actuaciones y, a veces, declinasen o retiraran a sus subordinados políticos. El Partido Popular no lo hace y su Presidente tampoco.

La confianza es un baluarte razonable a la necesaria estabilidad de la acción de Gobierno. No podemos cambiar de Gobierno frecuentemente. Pero la confianza política no puede ser ciega. ¿Qué pasa si no hay ningún movimiento, ninguna crítica, ninguna desautorización entre los gobernantes a los propios camaradas, ninguna rectificación, apenas explicaciones? Que perdida la autoridad política, comienza la desmoralización: empieza la desconfianza crítica. Para que exista política debe haber un espectáculo creíble y hemos perdido, razonablemente, la fe. La política actual como las de todos los tiempos, salvadas las diferencias, es el gobierno de las normas y los órganos del Estado. Pero también es política de los hombres mejores entre iguales. La política representativa o se asienta, pronto, en la responsabilidad política del representante o no será efectiva. De no ser una política responsable, no dejará de cundir la desesperación. Y así nos va.

Vídeo publicado por  Gina Villanueva en YouTube el pasado 1 de octubre.

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