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¿Qué fue de la reconciliación económica en la Suráfrica de Mandela?

 Fuente: guerraeterna.com

Concentración en agosto de 2013 en recuerdo de los mineros muertos en la matanza de Marikana

No hay artículo sobre Mandela que no incluya la palabra reconciliación. Y es justo que así sea, pero se olvida con frecuencia, en especial si se habla del legado que dejó su etapa como presidente, lo que ocurre con lo que podríamos llamar la reconciliación económica, las aspiraciones materiales de millones de surafricanos negros que confiaban en que la dignidad de ser considerados como ciudadanos con plenos derechos políticos estuviera acompañada de una mayor prosperidad.

Este gráfico de The Economist describe el aumento de la desigualdad producido desde que el Congreso Nacional Africano llegó al poder. La brecha se abrió aún más, y si hay un grupo que se vio beneficiado de forma espectacular fue la comunidad de origen asiático. Y desde la salida de Mandela del poder el avance para la población negra ha sido casi inexistente.

El novelista surafricano Zakes Mda escribió hace unos días que para entender esas aspiraciones frustradas hay que conocer antes las contradicciones del propio Mandela, un revolucionario inspirado por el marxismo y al mismo tiempo un líder tribal de tendencias un tanto aristocráticas.

La reconciliación política suponía garantizar a la élite económica (blanca) del país que sus títulos de propiedad sobre empresas y viviendas serían respetados, pero también se prometió que el apartheid económico tocaría a su fin. Si ocurrió algo así fue en la cúpula económica, no en su base. Muchas empresas aceptaron que debían incluir a negros en puestos de dirección y hacer negocios con empresarios negros, una nueva clase privilegiada integrada en buena parte por dirigentes del CNA.

La figura más destacada en ese campo es Cyril Ramaphosa. Pudo haber sido el sucesor de Mandela en la presidencia, pero perdió en la votación interna ante Thabo Mbeki. Dejó la política y se convirtió en empresario. Ahora es multimillonario (fortuna estimada: 700 millones de dólares) y desde 2012 vicepresidente del CNA. Parece el mejor colocado para suceder en el poder a Jacob Zuma, aunque está por ver cómo le afectará formar parte del consejo de Lonmin, empresa minera de la que es accionista. Fue durante las protestas sindicales en una de las minas de Lonmin cuando se produjo la matanza de Marikana en agosto de 2012, la más cruenta represión policial ocurrida en Suráfrica desde 1960.

Como dice Mda, la corrupción extendida en la clase dirigente, de la que no se libra el actual presidente, y el hecho de que pocas cosas hayan cambiado para la mayoría negra ha provocado que la euforia de entonces haya sido sustituida por la decepción.

“Mandela articuló la aspiración a una democracia no racial en Suráfrica. Pero la realidad es que mientras se identifique a los blancos con la riqueza y a los negros con la pobreza, la auténtica reconciliación nunca será posible”, dice Robert Schire, de la Universidad de Ciudad del Cabo.

Todo eso comenzó con Mandela en el poder en una decisión plenamente asumida por él. Abandonó por impracticable cualquier política de nacionalizaciones y abrió el país a los capitales extranjeros. Era muy consciente de que la mayoría negra no contaba con el nivel de educación necesario, tras décadas de marginación, para asumir las riendas de la economía o prescindir de los profesionales blancos. Como le explicó a John Pilger en esa época, la privatización iba a ser la norma, y no importaba lo que hubiera prometido antes porque “todo proceso supone cambios” sobre la realidad anterior.

Atraer a los capitales extranjeros que se habían mantenido alejados del país durante la última década de apartheid no era una tarea imposible en un país con cuantiosos recursos naturales. Aumentar el nivel educativo de la población negra resultó mucho más difícil. El fracaso más evidente fue la incapacidad de dotar de viviendas asequibles a las clases populares. El país tiene un déficit de no menos de un millón y medio de viviendas de ese tipo. Múltiples indicadores sociales revelan una situación dramática para la mayoría de los surafricanos.

Es cierto que la clase media negra se ha doblado desde los años 90, pero la tasa oficial de desempleo (25%) se eleva al 35% si se cuenta a aquellos que han desistido de buscar trabajo ante la imposibilidad de obtenerlo. Se espera que este año el PIB crezca un 1,9%, tres veces menos que el nivel necesario para crear empleo neto.

La gran paradoja es que son los blancos los que han visto mejorada su situación económica, a pesar de que obviamente ya no monopolizan los puestos de la Administración. Entre 1994 y 2012 su tasa de desempleo ha pasado del 3% al 5,7%, un porcentaje aún muy bajo. Su nivel educativo ha aumentado.

Si se establecen unos ingresos de 5.000 rands (352 euros) como umbral para marcar la tasa de pobreza, veremos que el porcentaje de población blanca por debajo de ese nivel ha pasado desde 1994 del 2% al 1%. En el caso de los negros, del 50% al 45%. Al menos, el gasto social ha permitido que la pobreza extrema (ingresos de dos dólares diarios) pasara del 17% al 5% en la población negra entre 2002 y 2010.

Suráfrica es en definitiva uno de los países más desiguales del planeta. Según el índice Gini, está en el puesto 157, el segundo peor país africano después de Namibia. El 40% más pobre del país sólo dispone de menos del 7% de la riqueza nacional.

El Gobierno de Mandela implantó un programa al que llamó GEAR (Growth, Employment and Redistribution). Crecimiento, empleo y redistribución. Si el fin del apartheid económico dependía de este último factor, no se puede decir que el balance esté a la altura del legado político de Mandela.

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