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IPC – Por unos indicadores justos para unas reivindicaciones justas (I)

Publicado en Madrid en accion (Nº 6 – pag.22)

IPC – Coste de la vida o de la cesta de la compra como se dice a veces

Este es el primero de dos artículos relativos al IPC (Índice de Precios de Consumo), un indicador que por su gran incidencia en el devenir económico de la sociedad, todas/os deberíamos conocer. Aunque casi nadie se atreve hoy a cuestionarlo, creemos de interés entender la dinámica que oculta bajo sus siglas. La desinformación y la manipulación han jugado y siguen jugando un papel tan importante, que se ha naturalizado la inclusión en nuestras reivindicaciones de “la revalorización según el IPC” sin matización alguna.

En el segundo artículo se incidirá en el impacto que el actual IPC tiene para los más desfavorecidos, en cómo ha contribuido a desdibujar y ensanchar la desigualdad existente, y abordaremos otras formas, no lesivas, que permitan plantear la evolución de precios y del poder adquisitivo, sin prescindir de una parte de la realidad de la que siempre se suele prescindir, la de los no privilegiados. Estos serán la referencia de nuestro enfoque.

Así pues comenzamos con la primera aportación.

En 2020, en plena pandemia, las personas que viven en Galicia, Murcia, Castilla La Mancha, Navarra, Asturias y Andalucía, según los datos macroeconómicos, cierran el año con un aumento de su poder su adquisitivo. Un incremento que va desde el 1,9% de Galicia al 0,4% de Andalucía. En Madrid hemos perdido algunas décimas, en concreto, un -0,5%. ¿Suena a chiste? Pues son las cosas de la macroeconomía que dice que en este país la caída del poder adquisitivo tan solo ha sido de media un ‑1,4% en plena crisis.

Entienden el poder adquisitivo como lo que nos queda, al quitar a nuestro salario medio ordinario (el que aparece en la nómina, incluso cuando estás en un ERTE), el valor de la inflación, es decir, lo que aumenta el precio de los bienes y servicios. A más salario, mayor poder adquisitivo; y a mayor subida de precios, menor poder adquisitivo.

En 2020 en España el salario medio, ha caído un 3,1% de media, el mayor descenso de los últimos 50 años hasta situarse en los 1641€; con desigualdades salariales entre comunidades autónomas que van desde los 1964€ al mes en Madrid, a los 1338€ en Extremadura, o a los 1281€ en Canarias. Ni que decir tiene que estas cuentas dejan fuera a millones de personas, entre ellas a las casi 1,2 millones de familias con todos sus miembros en paro o a las 610.000 familias sin ningún perceptor de ingresos.

Pero el desplome salarial es solo una parte de la ecuación del poder adquisitivo, falta la inflación que hace referencia a la evolución de los precios. Si los precios suben tenemos inflación, si bajan tenemos deflación. Podríamos pensar que la deflación es buena para no perder poder adquisitivo, pero en el fondo encierra una dinámica que tiende a paralizar la economía, no en vano el principal objetivo del Banco Central Europeo es mantener a toda costa una inflación cercana al 2%, aunque a veces esto es dañino, como ya lo sufrimos con las políticas de austeridad en 2008.

Hay un indicador económico utilizado para calcular la inflación, y que a todos nos suena: el IPC, elaborado por el INE (Instituto Nacional de Estadística) todos los meses, a partir de un estudio en casi 30.000 establecimientos de 177 localidades, y sobre 497 distintos tipos de bienes y servicios agrupados en 12 categorías.


El IPC se usa para comparar la evolución de los precios en el tiempo, y lo encontramos como referencia para fijar muchas cosas en las que a menudo no reparamos. Está muy presente en: las reivindicaciones sindicales para fijar las subidas de los convenios, las reivindicaciones de colectivos sociales para la actualización de las pensiones, las subidas de los alquileres de los pisos, y, en general, como referencia para establecer la evolución del coste de la vida o de la cesta de la compra como se dice a veces.

Es un indicador utilizado también con fines políticos. Por ejemplo, al realizar el cambio de moneda, de la peseta al euro todo el mundo recuerda cómo un café pasó de valer 100 pesetas a un euro (166 pts), y los redondeos pasaron de hacerse en pesetas a fracciones de cinco céntimos de euro (8,3 pts), y todo ello en un abrir y cerrar de ojos. La inmensa mayoría de la gente en la calle hablaba de la novedad del euro y de la tremenda subida de precios, pero si observamos el IPC de esos años no notaremos un cambio significativo en éste. ¿Cómo fue esto posible?, introduciendo una modificación en la metodología de cálculo del IPC, que disfrazó a nivel macroeconómico la pérdida de poder adquisitivo real de la gente.

Otro ejemplo es el de la crisis de la burbuja inmobiliaria en 2008. Durante los años previos al pinchazo de la burbuja, los precios de la vivienda subían a una velocidad que multiplicaba varias veces el aumento salarial de los trabajadores, pero nuevamente el IPC oculta el fenómeno porque en el concepto de vivienda sólo recoge su alquiler, excluyendo la realidad de la mayoría de la población, que optaba por la vivienda en propiedad.

La cuestión es que el IPC es una brújula macroeconómica desnortada
desde el punto de vista de la igualdad. Y esto no es de recibo,
menos aún en plena crisis, porque impacta en los salarios, en las pensiones…

Se suele afirmar que es imprescindible tener un indicador de la evolución de los precios y que en plena tormenta, en el mar de precios, tener una brújula es una ayuda inestimable. La cuestión es que el IPC es una brújula macroeconómica desnortada desde el punto de vista de la igualdad. Y esto no es de recibo, menos aún en plena crisis, porque impacta en los salarios, en las pensiones, en las rentas de los alquileres y en otros muchos aspectos de la vida cotidiana de la gente.

El IPC, como cualquier parámetro macroeconómico, tiende a promediarlo todo, a presentar una realidad económica más estable y más fácil de manejar para los gestores. Sin embargo, esto oculta a la ciudadanía el estado real de las cosas: una realidad marcada por la incertidumbre y por un fuerte componente de desigualdad. La omisión de estos dos aspectos es clave para la estabilidad del sistema actual, al tiempo que un engaño manifiesto que retarda el incendio del polvorín social sobre el que nos encontramos.

El IPC oculta a la ciudadanía el estado real de las cosas:
una realidad marcada por la incertidumbre

y por un fuerte componente de desigualdad

Un IPC único en una sociedad tan falta de equidad como la nuestra no tiene sentido desde la perspectiva social. No somos iguales ni en capacidad de consumo, ni en distribución de nuestros gastos. Y esto no puede ser ignorado por un Estado que debe legislar para que no se extienda y normalice la inequidad social, que es un cáncer que ataca la raíz de la convivencia. Si acudimos a la EPF (Encuesta de Presupuestos Familiares), nos encontraremos con datos que ponen de manifiesto esta realidad desigual.

Centrémonos en los mencionados doce grupos que conforman el IPC, “cocinados” por el INE, y comparemos las ponderaciones asignadas a cada grupo con la distribución del presupuesto obtenida en la EPF, mediante este gráfico.

Ante todo se puede observar la disparidad en las ponderaciones del IPC con el quintil más pobre, y una mayor aproximación al quintil más rico.

Con sólo visualizar estas ponderaciones, ya se puede constatar que los criterios de ponderación están totalmente alejados de la realidad social del país, lo que debería invalidar este indicador como referencia para la compensación de los incrementos de la carestía de vida.

Pero analicemos con más detalle cuan próximas son las ponderaciones del IPC a la realidad económica de las personas. Para ello centrémonos en los grupos cuya ponderación en el IPC supera el 10%, y comparemos los porcentajes de los ingresos que la gente más humilde dedica a esos conceptos. Lo podemos ver en este otro gráfico.

Llama la atención que salvo en el grupo de alimentación, las ponderaciones en el IPC están mucho más próximas a la distribución de gasto de los más ricos.

Por otro lado, resulta escandalosa, por injusta, la ponderación del grupo vivienda, que con un pírrico 13,3% ni se aproxima a los presupuestos de los más ricos, y no digamos del 40,4% de los más pobres. De cómo ponderaciones de este tipo silencian por ejemplo los efectos de los desahucios, mejor ni hablamos.

Por si fuera poco, si nos fijamos en el grupo de hoteles y restaurantes, podemos observar que su ponderación supera, incluso, las expectativas de los más pudientes.

No podemos detenernos en más detalles de este gráfico, creemos que el lector puede sacar sus propias conclusiones y preguntarse ¿cómo es posible un desajuste de este tipo? y, ¿a qué razones obedece?

No podemos aceptar una clausula reivindicativa final que diga
“sometido a la revisión de la desviación del IPC”,
eso es hacernos trampas en el solitario

Sería erróneo pensar que esto se debe solamente al interés particular del gobierno de turno, esto no es exactamente así. Desde la Unión Europea, la agencia Eurostat fija recomendaciones comunes para elaborar un IPC armonizado que permita comparar la evolución de los precios entre los distintos países. Su propuesta para 2021, que afirman es especial ante los efectos del Covit-19, fija unas ponderaciones para nuestro país, que distan poco de las actuales o incluso aún más lesivas (vivienda del 13,5% al 12,4%).

Los indicadores han de ser comparables y deben estar actualizados, por ejemplo en 2016 el valor que ponderaba el grupo de bienes y servicios de Ocio y cultura era el 7%. En 2017 paso a ser del 8,5%, coincidiendo con la inclusión en el IPC de los juegos de azar. Pero parece que el sesgo del IPC actual no lo corrige ni esta pandemia.

Ante la situación de crisis social que vivimos, necesitamos hacer frente a toda dinámica que nos pueda llevar a normalizar primero, y naturalizar después, la desigualdad creciente. No podemos aceptar una clausula reivindicativa final que diga “sometido a la revisión de la desviación del IPC”, eso es hacernos trampas en el solitario. Necesitamos unos indicadores justos para unas reivindicaciones justas, y a ello dedicaremos la próxima reflexión.


Escuela política del barrio del Pilar, la Guillotina

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