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IPC – Por unos indicadores justos para unas reivindicaciones justas (y II)

Publicado en Madrid en accion (Nº 7 – pag.12)

Si en el artículo anterior explicábamos el concepto y uso, no sólo económico sino también político, del IPC (Índice de Precios al Consumo), y criticábamos cómo se construía con unos coeficientes de ponderación que deformaban la realidad que se vive en la calle, especialmente en lo que se refiere a los gastos que han de afrontar las clases populares, en esta segunda parte vamos a detenernos en algunos aspectos que afectan a la desigualdad.

Comenzamos acercándonos al tema del precio del alquiler de la vivienda que ha sido uno de los que han tenido fluctuaciones de más impacto en los bolsillos de mucha gente, especialmente jóvenes y personas que no tienen capacidad económica para afrontar una compra. El pinchazo de la burbuja inmobiliaria del 2008 hizo que los precios de la vivienda se desinflaran paulatinamente, así la curva roja (gráfico 1) nos indica que en 2012 llegó a caer el precio del alquiler de vivienda hasta un -7,6% respecto al año anterior. Todo un respiro para los inquilinos que tuvo un corto recorrido. Entrado el 2014 la tendencia cambió de signo llegando a incrementarse en 2017 hasta un +14,7% respecto al 2016. Desde entonces el alquiler de vivienda no ha dejado de subir, pero con porcentajes cada vez más suaves, entre otras cosas porque el poder adquisitivo de la gente no da para más.

Esta línea roja, que sigue los datos de mercado suministrados por un portal inmobiliario de referencia como es el idealista.com, nos habla de que pagar el alquiler es un peso que se hace insoportable para mucha gente porque las subidas salariales durante esos años fueron pírricas. De hecho, hemos querido representar con la curva verde, según los datos de la EPF (Encuesta de Presupuestos Familiares) los metros cuadrados de vivienda, o mejor dicho, “solución habitacional” que podrían alquilar las personas que representaban el 20% de las rentas más bajas de nuestro país.

Si en 2013 podían alquilar hasta 27m2, 7 años después, en 2020 sólo podían hacer frente a un alquiler de 18 m2. La solución habitacional era casi un 30% menor, esto significa hacinamiento y compartir piso para mucha gente.

Sin embargo, si atendemos a la curva azul del IPC de vivienda vemos que este impacto llega a reflejarse en solo 1,5 puntos, suavizando cambios que son realmente bruscos. Para quienes disponen de rentas altas, una subida de un 14,7% en el alquiler probablemente no es un drama, pero para los más desfavorecidos ese IPC es un engaño, y lo es por razón doble cuando además se le dice que su salario va a subir de acuerdo al IPC.

Ya que hablamos de salarios, analicemos el terreno de las reivindicaciones, porque es habitual recurrir al IPC como referente para las subidas salariales y reivindicaciones sociales, con la finalidad de mantener el poder adquisitivo.

El IPC actual se ajusta casi como un guante a la evolución de los salarios más altos y se aleja mucho de los más bajos. Si se aproximase a una distribución real de los gastos podría ser una referencia válida, pero no lo es

Vamos a fijarnos en dos colectivos, según el INE (Instituto Nacional de Estadística): el del 20% con salarios más bajos, que diferenciando por género corresponde a las mujeres; y el del 20% de ingresos más altos que se refiere a los hombres. Y en cada colectivo vamos a fijarnos en la evolución salarial durante una década (gráfico 2), atendiendo a dos criterios: lo que da el INE como evolución salarial, y lo que serían los salarios si a partir de 2008 las reivindicaciones salariales hubieran conseguido siempre la actualización anual del IPC correspondiente.

En esos años y según el INE, los salarios del 20% menos pudiente (curva azul inferior) están por debajo de la que sería la proyección salarial de ese colectivo desde 2008 con subidas del IPC (curva roja inferior). Queda claro que la consecución del IPC en las subidas salariales habría mejorado las economías más humildes. ¿Pero esto es suficiente? La respuesta es un no rotundo. Si el IPC se calculara teniendo en cuenta las condiciones de vida del 20% más desfavorecido, por ejemplo, con ponderaciones ajustadas a la EPF, la curva obtenida superaría la roja ¿Cuánto? Ni nos lo dicen, ni tenemos los datos para calcularlo.

Para poder sostener que esto es así, observemos los datos de salarios del INE de las dos curvas superiores, la azul del 20% más pudiente y la roja, con la proyección según el IPC. Llama la atención que la desviación entre estas dos curvas en su punto más distante (2010) tan solo supone una desviación de un 4,7%. Si nos fijamos en su equivalente de los salarios más bajos, la diferencia alcanza un 27,1/%. Vemos además que para los salarios más altos, a veces la curva roja está por encima de la azul y que otras veces no es así; mientras que para los salarios más humildes el salario real siempre está debajo de la proyección del IPC.

La reivindicación del IPC actual contribuye a seguir incrementando las condiciones de desigualdad existentes, aunque a un ritmo más lento. Equivale a reivindicar la injusticia que el mismo entraña

Algunas conclusiones:

  • El IPC actual se ajusta casi como un guante a la evolución de los salarios más altos y se aleja mucho de los salarios más bajos.
  • Si el IPC se aproximase a una distribución real de los gastos, especialmente a los de las personas más desfavorecidas, entonces podría ser una referencia válida para reivindicar el mantenimiento del poder adquisitivo, aunque no lo mejore.
  • Reivindicar el IPC actual como el máximo objetivo de subida salarial es una incongruencia, dado que raramente se nos concede y equivale a reivindicar la injusticia que el mismo entraña.

Desde el punto de la desigualdad, la reivindicación del IPC actual contribuye a seguir incrementando las condiciones de desigualdad existentes, aunque a un ritmo más lento. Para sostener esta afirmación, nos fijamos en las diferencias salariales (brecha salarial en la gráfica 3) entre el colectivo con el 20% de los salarios más altos y el del 20% con los salarios más bajos, y lo hacemos comparando, una vez más, los datos salariales que aporta el INE (curva negra) con la proyección del IPC (curva azul).

Primeramente, hay que decir que estas brechas ponen de manifiesto que España es en un país con diferencias salariales muy significativas; fruto, entre otras cosas, de un mercado laboral dual. Debe tenerse en cuenta que, si comparáramos los datos del 1% salarialmente más pudiente y el 1% más desfavorecido la brecha en miles de euros se dispararía, pero trabajamos con datos oficiales y solo nos permiten comparar en escalas del 20%.

Segundo, que la aplicación del IPC a las subidas salariales representada en la curva azul reduciría ligeramente algún año la brecha, que no dejaría de ser tremenda.

Tercero, la tendencia de ambas curvas es claramente creciente, por lo que la desigualdad sigue en aumento.

Hace ya unos años un viejo militante decía que iba a las reuniones del movimiento “0,7% y más”, que apostaba por aumentar la aportación a la Ayuda Oficial al Desarrollo, pero lo hacía no para hablar del 0,7%. El decía que lo del 0,7% era devolver solo una pequeña parte de lo que le robamos al Sur, él iba a esas reuniones para hablar del “más”. Esto mismo nos pasa con el IPC, hay que ir más allá del IPC actual.


Entendemos que los parámetros macroeconómicos son necesarios para hacer manejable la complejidad económica de nuestras sociedades, pero la vida de la gente no se puede aparcar en el rincón de las medianas, los promedios y las interpolaciones de forma tan grotesca e insultante como se hace, dejando las cosas de comer en manos de una microeconomía a la que nadie atiende. Necesitamos un indicador de precios justo, o mejor aún, unos nuevos indicadores justos si queremos unir a ellos las evoluciones salariales o de nuestras futuras pensiones.

Terminamos haciendo dos propuestas que entendemos imprescindibles para ir corrigiendo la deriva de un sistema, que sostiene unas relaciones de iniquidad que ya son crónicas:

  • Necesitamos IPCs por tramos. Si el 20% más pudiente y el 20% más empobrecido tienen condiciones de vida tan dispares, aplicarles un IPC único es, de facto, incrementar la desigualdad. Necesitamos IPCs próximos a la diversidad de las condiciones de vida.
  • Urge una ponderación diferente. Si la cantidad de productos y servicios que consumen los que menos y los que más tienen no se parecen en nada, la misma ponderación para ambos es una injusticia. Algo tan básico como el alquiler de vivienda, el IPC lo pondera en 13,3%, frente al 40,4% de gasto de los más pobres, según la EPF. Esto supone un desprecio a la realidad y a las consecuencias que acarrea. La ponderación debe ser un mecanismo para representar la realidad, no para pervertirla haciéndola divergir.

Terminamos esta reflexión llamando la atención sobre el hecho de que detrás de los indicadores hay políticas concretas, tanto aquí en España como a nivel europeo, y que esos indicadores legitiman y orientan medidas que afectan a nuestras vidas cotidianas. Socialmente no tiene sentido aceptar un IPC único como reflejo de la realidad, porque políticamente hablando sea más fácil cocinar indicadores que bregar con la realidad.

En la Escuela política llevamos tiempo apoyando todo aquello que ayude a denunciar los mecanismos y las lógicas que promueven la inequidad, y es desde ese empeño desde donde compartimos esta reflexión pensando que nos puede ayudar a afinar nuestras reivindicaciones y a romper con las construcciones paralelas de la realidad.

Escuela política del Barrio del Pilar, la Guillotina


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